Fiesta Graduación PROMOCION 13/14
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DISCURSO DEL DIRECTOR (JOHN PHILLIPS):
Josef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski emprendió su primer viaje como aprendiz de marinero en el velero Mont-Blanc, un 25 de junio, que zarpaba desde Marsella con destino al Caribe. En ese preciso instante, en ese mismo momento, cuando subió a bordo con sus pertenencias y sus pertrechos, jamás habría vislumbrado el futuro que le esperaba. No emprendía viaje con una visión de futuro a largo plazo; lo hacía simplemente porque sentía una enorme pasión por el mar, inmensa curiosidad por conocer rincones recónditos del mundo, culturas exóticas y nuevas lenguas. Con 17 años, se lanzaba a la aventura, eso le bastaba; no precisaba otro plan, no precisaba ningún plan a largo plazo.
Con sus 17 años no sabía que se convertiría en el primer polaco que llegase a alcanzar el grado de maestro marinero en la marina mercantil británica, para lo cual tendría que superar unas pruebas diabólicas que requerían el dominio de un sinfín de tecnicismos marítimos, ni que llegaría a capitanear un buque inglés. Jamás le habría pasado por la imaginación cuando subió a bordo, porque, por aquel entonces, no sabía inglés. Salía precisamente de un puerto francés por una razón lingüística, porque sabía francés, pero no inglés.
Y no sabía que —para alcanzar el grado de maestría que obtendría, ese grado de dominio profesional— iba a mostrar tanto tesón, iba a trabajar tan duro, en unas condiciones tan adversas, tan peligrosas, que se iba a preocupar de los detalles más pequeños de una nave, de un barco, detalles que, en esos momentos, desconocía por completar; ni sabía que se iba a tener responsabilidad por los pasajeros ni que iba a preocuparse tanto por ellos cuando los tenía bajo su responsabilidad. No sabía que el buen hacer iba a convertirse en un leitmotiv para él en la madurez, que incluso lo postularía como una salvaguarda frente al naufragio personal, frente al naufragio moral.
Y mientras que subía por la rampa hacia el barco —y os invito a acompañarle—, antes de alcanzar la cubierta de ese esbelto velero, no sabía que en el futuro modificaría su nombre, que, en vez de llamarse Josef Teodor Konrad Nalecz Korzeniowski, se llamaría simplemente —y llanamente— Joseph Conrad, que cambiaría la f de Josef por ph, y la k de Konrad por una c, y que abandonaría el uso de su apellido o sus dos apellidos y que un nombre de pila los reemplazaría, el de Conrad. Ignoraba aún que iba a modificar su identidad pública, y seguramente privada también, que dejaría atrás su nombre polaco para adoptar otro que le identificaría como británico o, por ser más preciso, inglés. No sabía que el propio concepto de si mismo iba a mutarse y que el cambio se produciría por libre albedrío, que decidiría impulsarlo él mismo, sin ninguna imposición externa.
Y tampoco sabía que iba a adoptar la nacionalidad británica, a nacionalizarse, y que la segunda parte de su vida —la que iba a brindarle un inmenso reconocimiento, un reconocimiento internacional— iba a discurrir en el sureste de Inglaterra. No sabía cuando sentía la brisa marítima, a punto de colmar la rampa, que iba a vivir tierra adentro, abjurando el mar, que se alejaría conscientemente de lo que le llamaba tan poderosamente en esos momentos, el mar. Tampoco sabía, en ese instante, que en la segunda parte de su vida se iba a aferrar a una vida sedent
